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Recorriendo Lisboa: ponte los tenis, que nos vamos

  • Viajeros
  • 16 jun 2025
  • 4 Min. de lectura

Hay ciudades que se conocen en coche, en metro, en barco. Y hay otras, como Lisboa, que solo se entienden con los pies. Porque esta ciudad no está hecha para los que buscan atajos, sino para los que se permiten caminar sin prisa, subir sin quejarse, detenerse a cada esquina, y dejar que el cuerpo marque el ritmo de la experiencia. En Lisboa no se trata de llegar rápido, sino de saber dónde parar. Así que si estás listo para dejarte sorprender, ponte los tenis, que nos vamos.

Recorriendo Lisboa: ponte los tenis, que nos vamos

Desde el primer paso, Lisboa te habla. Sus calles adoquinadas tienen memoria. Sus fachadas llenas de azulejos te cuentan historias antiguas. Sus tranvías amarillos no son solo transporte: son una declaración de identidad. Aquí no se camina recto ni en línea. Se sube, se baja, se tuerce, se rodea. Porque Lisboa es una ciudad vertical, que se abre en capas, como quien te revela sus secretos poco a poco.


Comenzamos nuestra caminata en el barrio de Alfama, donde todo huele a pasado. Las cuestas pronunciadas, la ropa colgada de balcón a balcón, el eco de un fado a media tarde. Alfama no se visita, se atraviesa con respeto. Es un barrio que exige silencio, pausa y observación. En sus callejones aprendimos que el alma de Lisboa no está en los monumentos, sino en las miradas de sus abuelas, en los escalones rotos, en el sonido de los pasos sobre piedra mojada.


Seguimos rumbo al Mirador da Senhora do Monte, uno de esos lugares que justifican cualquier cansancio. Desde allí, Lisboa se despliega como una maqueta poética: el río Tajo extendiéndose hasta perderse, los tejados rojizos dibujando geometrías cálidas, el Castillo de San Jorge observando desde lo alto. Es un sitio para dejar el teléfono y mirar. Para tomar aire, sentarse en el borde y entender que a veces, para ver más claro, solo hay que subir un poco.


Descendimos hacia la Baixa Pombalina, el corazón comercial y organizado de la ciudad. Aquí, las calles son rectas, amplias, casi contradictorias con el resto de Lisboa. Pero incluso en esta parte más "ordenada", se respira belleza. La Plaza del Comercio, abierta al río como una invitación, nos recordó que Lisboa fue, y sigue siendo, una ciudad que mira hacia afuera. Aquí no hay miedo a lo desconocido. Hay apertura. Y eso se nota.


Después, pusimos rumbo al Chiado y Barrio Alto, donde la Lisboa bohemia se mezcla con librerías centenarias, cafés con historia y tiendas de diseño moderno. Entramos en A Brasileira, el café donde Pessoa escribía con la mirada perdida. Y no se trataba de imitar al poeta, sino de conectar con esa energía de creación, de pensamiento lento, de conversación larga. En Lisboa, el café no se bebe apurado. Se saborea como se saborea la ciudad: con respeto.


Uno de nuestros grandes descubrimientos a pie fue el Jardim da Estrela, un oasis de sombra y silencio. Allí hicimos una pausa que no estaba en el plan. Y esa es una de las enseñanzas más valiosas de Lisboa: los mejores momentos no siempre están en la agenda. A veces, son esos 20 minutos sentados en un banco viendo a los niños jugar, escuchando el agua de una fuente o simplemente descansando los pies. Lisboa no premia a los que más corren. Premia a los que saben detenerse a tiempo.


Terminamos nuestro día cruzando hacia la LX Factory, una zona industrial reconvertida en espacio artístico. Aquí, el concreto se llenó de murales, las fábricas de ideas, y los pasillos de creatividad. Caminamos por librerías imposibles, tiendas de autor y cafeterías con alma. Y nos dimos cuenta de que Lisboa también sabe reinventarse, pero sin perder su esencia. Porque en cada paso, ya sea sobre piedra, madera o cemento, Lisboa conserva su voz, su carácter, su poesía.


Ahora, seamos honestos. No todo fue perfecto. Hubo momentos de cansancio, de sol implacable, de mapas mal leídos. Lisboa no es plana ni fácil. Pero es real. Y eso la hace inolvidable. Sí recomendamos llevar calzado cómodo, hidratarse y no planear más de lo necesario. Esta ciudad te pide improvisación, flexibilidad y una buena dosis de asombro.


Y aquí viene lo más importante: caminar Lisboa no es solo recorrerla, es dejar que ella te recorra a ti. Cada paso que das por sus calles es también un paso dentro de tu propia historia. Cada esquina te cambia un poco, cada vista te da una perspectiva nueva. Lisboa es una ciudad que no se impone, pero que se queda. No te obliga a entenderla. Solo te pide que la sientas. Y lo hace tan bien que, al final, lo único que te duele más que los pies… es tener que despedirte.


Viajar a Lisboa es un regalo. Pero recorrerla a pie es un acto de amor propio y de conexión profunda con el entorno. No importa si es tu primera vez o si ya la conoces. Cada caminata por sus calles te enseña algo nuevo, no solo sobre la ciudad, sino sobre ti. Porque cuando te pones los tenis y decides mirar sin filtro, es ahí cuando empiezas realmente a viajar.


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