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Recorriendo Dubrovnik: ponte los tenis que nos vamos

  • Viajeros
  • 18 nov 2025
  • 3 Min. de lectura

Hay ciudades que se recorren y ciudades que se sienten. Dubrovnik pertenece a la segunda categoría. Basta con ver cómo la luz cae sobre sus murallas para entender que este lugar no es solo un destino: es una promesa. Una invitación a caminar, a escuchar, a dejarnos envolver por el rumor del Adriático que, desde hace siglos, ha sido testigo de historias, batallas, naufragios, poemas y renacimientos. Hoy nos ponemos los tenis, ajustamos la mochila y nos lanzamos a conocerla desde adentro, paso a paso, como todo viajero curioso merece.


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Apenas cruzamos la Puerta de Pile, sentimos que estamos entrando a otro mundo. El eco de las pisadas sobre el mármol pulido de la calle Stradun nos recuerda que miles de personas caminaron aquí antes que nosotros. Comerciantes, marineros, diplomáticos, artesanos… todos dejaron huellas invisibles que todavía parecen susurrar cuando el sol se esconde. Caminamos despacio, observando las fachadas blancas, las persianas verdes y los balcones que parecen flotar sobre el corazón de la ciudad amurallada. A cada paso, la sensación es la misma: Dubrovnik no envejece, se fortalece.


A medida que avanzamos hacia las escaleras que llevan al barrio de Old Town, la ciudad nos muestra su lado más íntimo. Las callejuelas se estrechan, los aromas se intensifican, y los gatos —dueños silenciosos del lugar— nos reciben como si fuéramos viejos conocidos. Desde alguna ventana abierta se escapa el olor a pan recién horneado y a comida dálmata: pescados frescos, aceite de oliva y hierbas que perfuman todo el ambiente. Dubrovnik se huele antes de saborearse.


Subir a las murallas es casi un ritual obligado. Desde allí, la ciudad se vuelve un cuadro vivo: techos color terracota, el azul infinito del Adriático y las tropas de gaviotas que sobrevuelan las torres medievales como si custodiaran secretos ancestrales. Caminamos bordeando cada tramo como si estuviéramos en la frontera entre dos tiempos: el pasado glorioso de la antigua Ragusa y el presente vibrante que recibe a millones de viajeros cada año. El viento sopla fuerte, nuestras ropas se agitan y sentimos que estamos plantados en el borde del mundo, justo donde la historia se mezcla con el mar.


En una pequeña pausa tomamos un café en un mirador improvisado, de esos que solo se encuentran caminando sin mapa. Mientras el sol cae, entendemos por qué la llaman “la perla del Adriático”. La luz dorada acaricia las murallas y las hace brillar como si fueran piedra viva. Allí conversamos, observamos, respiramos. Es imposible no emocionarse ante tanta belleza.


Continuamos nuestro recorrido hacia el puerto viejo, un sitio que parece pintado a mano. Las barcas se mecen suavemente, el reflejo del agua crea destellos plateados y los pescadores arreglan sus redes con la tranquilidad de quienes conocen el ritmo del mar. Dubrovnik es eso: calma acompañada de historia. Un equilibrio perfecto entre movimiento y contemplación.


Más tarde, mientras subimos por las escaleras empinadas hacia el barrio de Karmen, descubrimos uno de los secretos mejor guardados de la ciudad: los pequeños bares que se esconden entre rocas y acantilados, donde la cerveza fría se sirve acompañada del sonido hipnótico de las olas golpeando la piedra. Allí, en ese rincón suspendido entre mar y cielo, el tiempo se detiene. Hablamos, pensamos, agradecemos.


Al caer la noche, decidimos perdernos nuevamente por las calles del centro. Las luces amarillas iluminan los techos, los músicos tocan melodías que reviven tradiciones y las terrazas se llenan de viajeros que ríen, brindan y comparten historias. Dubrovnik tiene ese efecto: te hace sentir parte de algo más grande. No importa de dónde vengas, siempre encuentras un rincón que te abraza y te invita a regresar.


Recorrer Dubrovnik no es hacer turismo. Es escuchar una ciudad que sabe contar historias. Es caminar sus murallas como si fueran un puente hacia otro tiempo. Es sentir que cada paso revela un secreto y que cada callejón guarda una promesa. Dubrovnik no se visita… se vive. Y cuando la dejas atrás, algo de ella se queda contigo: su mar, su luz, su historia, su silencio.


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